Llegue. La profecía prometida se hizo realidad. Y llegue buscando mi espacio rural en este mundo de cemento, urbanismo violento, frió, poco familiar y menos amable. Aún así no siento desesperación ni amargo en el alma al no estar frente a mi mar, y espero no sentirlo.
Y encontré mi espacio temporal, que intento adaptar con verdes para no olvidar el tepú, las nalcas, los avellanos y el arrayán. De lanas, canastos y tejidos para sentir el calor de su gente. Me falta el agua de mi mar chilote, ese que me calmo, que me recibió en sus brazos.













